A to’ cojón

Cada edad tiene su lógica, sus razones, su ética, su sentido del bien y el mal, y los cambios, a través de los años, suelen pasar desapercibidos o, a lo sumo, conscientemente justificados, con un simple “eso era antes, ahora las cosas son diferentes.” La edad de los que forjan las leyes, los dueños de los medios de producción y las comunicaciones, determina entonces la narrativa de lo correcto y, su alternativa contestataria, si es promovida por personas de la misma edad que los poderosos, puede que parezca radical, pero raspando un poco la superficie se descubrirá que en el fondo, representan similares maneras de ver las cosas, entreteniéndonos en el debate de posibles cambios que no son más que cosméticos.

Cuando adolescente escuchaba salsa, y la salsa, había que oírla, cuando se daba la oportunidad, a to’ volumen. No había debate posible sobre el asunto. El sentimiento interior de poder dejar que la cadencia del ritmo tomara posesión de todo mi interior, era proporcional al volumen con que se escuchaba la canción y, quien no entendiera tal verdad, estaba fuera de onda y simplemente no pertenecía a mi generación, gente de otra época. En aquellos tiempos tenía un vecino de mi misma edad. Vivíamos en una urbanización en Caimito, que pretendía ser enclave de modernidad en el intento desesperado por erradicar la visible pobreza que, por razones que mucho más tarde entendí, pretendía equiparar justicia económica y progreso, con la acción de tapar lo que se entendía feo. Cuando llegaba de la escuela y pasaba frente a su casa, a pocas casas de la mía, la vibración de las bocinas reproducía un oleaje de tambores y metales que parecían hacer retumbar la carretera. Nada me pareció más grandioso, que poder imitar a mi nuevo héroe y modelo. Sentí entonces la inesperada mezcla de orgullo y temor, el día que vi otra vecina llegar del trabajo y voltear la cabeza en asombro y disgusto, al sentir las sincopadas entonaciones que ahora surgían, portentosas, de las bocinas de nuestro pequeño estéreo. La queja, de esperarse, no se hizo tardar y su portavoz, mi madre, tenía ahora la misión de asegurarse que tal escándalo no volviese a suceder. Pero yo de la escuela llegaba a una casa vacía, con la dificultad de escuchar mi música con el volumen a to’ cojón, pues la forma en que corre el bochinche en esos recién y frescamente construidos enclaves, haría que invariablemente se enteraran mis padres. En busca de alternativas, fue como descubrí que podía acostarme de espaldas en el piso y poner las bocinas pegadas a mis oídos. Es decir, audífonos de los años 70, clase media (si es que existe tal cosa), si acaso media quebrá, viviendo de cheque en cheque y pretendiendo que la pobreza era una cosa del lejano pasado que no merece ser recordada y mucho menos mencionada, con un hijo salsomaníaco que terminó dañándose los oídos, especialmente el derecho y que hoy, medio siglo después aun recuerda y le pesa. En especial cuando tuvo que negarle a su hijo que recientemente cumplía diez años, su insistente petición por unos “headphones” de regalo, pues imposible pensar que a esa edad —a cualquier edad de hecho— un humano tenga mucha capacidad para auto negarse placeres, en favor de su salud.

Como joven adulto me tocó salir del país y en los fríos invernales del noreste norteamericano, aun perseguía mi amor por la música alta y ahora, con trabajo y salario seguro, ingresé al mundo de los audiophiles, en donde la calidad de los platos, la insistencia en el vinilo y la obsesión por la mejor aguja posible, no solo respondía a la incesante búsqueda por la más autentica de las reproducciones musicales, sino también al deseo ardiente de oírlas, en las más excelsas bocinas que mi ingreso pudiera comprar, a to’ cojón de alto. Por supuesto que la vida urbana de Boston me vio enfrentado a varios incidentes con los vecinos del edificio y al final, aceptando que ya no vivía en La Isla, tuve que modular mi deseo. Sin embargo recuerdo encontrar solaz en haber llegado en los años de “Risky Business,” donde, la compartida obsesión de ser abrazado por Rebecca De Mornay, se completaba con la identificación de un Tom Cruise dejado solo en la casa de sus padres, sus manos en un costoso ecualizador sobre el cual se descartan todos las etiquetas del comportamiento y la prudencia que meticulosamente ajusta vientos y metales, decidiendo mejor subir todos los controles a to’ cojón y hacer su entrada, resbaloso y en calzoncillos, con un volumen en donde se pudiese apreciar todo el corazón que Bob Seger le mete a la interpretación de “Stranger in Town.” Supe entonces que el privilegio de tal ininterrumpido placer, estaba reservado para hijos en casas con huevos de cristal Fabergé, donde la amplitud de los interiores, junto con la considerable distancia entre vecinos, hacia posible vivir el éxtasis de la bien escuchada música, alta, the way it “soothes the soul”.

Hoy en día me la paso en mi biblioteca, leyendo y escribiendo como si no hubiese para luego y lo hago en el más absoluto de los silencios. Uno que logré forjar luego de treinta años de trabajo en el exilio, construyendo al fin nuestra casa en el lugar más remoto que pude hallar, le saco ahora el jugo a una paz que quizá solo pueda ofrecer una comunidad de agricultores para los cuales el tren de vida, perece modelarse sobre costumbres similares a las de cualquier montaña de Puerto Rico, a mediados del siglo 20. Me duele entonces cuando leo a mis compañeros escritores que, ansiosos por entregarse a las letras en el ratito libre que puedan tener un fin de semana, se enfrentan al vecino que decide usar el “trimmer” al mismo tiempo, o los recientes llamados a la paz que reclama una adultez, que ve en la música alta una invasión y falta de respeto difíciles de creer y aceptar. Lo más que puedo hacer y, lo he hecho, es invitar a algunos de mis compañeros escritores, los que de verdad han sido mis hermanas y hermanos en la vida real, a que se pasen una temporada acá con la familia, rodeados de tres mil volúmenes rigurosamente seleccionados a través de las pasadas cinco décadas y que podrían disfrutar, en el más dulce de los silencios. Los más importantes clásicos de la literatura, filosofía, historia y muchos otros fascinantes campos del conocimiento humano, alejados de todos ese estruendoso volumen musical al que someten las calles del país y que tanto amé y defendí, cuando fue mi turno.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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