Duelo de diminuto fulgor

Partiendo desde la odiada espalda del retado caballero, ambos deciden caminar hasta el final. Luego de un largo tiempo, la creciente silueta del otro, en el horizonte opuesto, los encuentra sumergidos en una profunda reflexión que parece hallar su clímax, en la maravillosa confirmación de la redondez de aquel enano planeta. Unas muy esperanzadoras recapitulaciones inundaban sus cabezas, inspiradas por las enseñanzas que las distancias y lo visto les habían mostrado. Durante la extensa caminata, la soledad y el silencio, al principio pesados, poco a poco se convirtieron en el perfecto trasfondo para saborear la asombrosa belleza de las estrellas, adentrarse en los insondables misterios del tiempo y la inmensidad, y ponderar además la diminuta, pero por lo mismo milagrosa, posibilidad de la vida. Todos los problemas, quejas y recelos parecían desvanecerse, ante la comprensión de un vasto espacio que en su magnificencia demostraba el amor como exclusivo principio y a la vez, motor de la realidad misma. Una vez de frente, observando la pistola que la mano de uno sostenía y que, similar a la otra, hace varias semanas les pareció la herramienta perfecta para el único posible desenlace de su riña, las veían ahora como una incomprensible irracionalidad. El reflejo de la mezquina lógica que logró consumirlos en pequeñeces que de pronto entendían irrelevantes. Así tal vez pensaba uno; educado, leído y de confirmado compromiso con los ideales de la equidad cósmica. El otro parecía tener pinta de ser un creído que en su ignorancia, no sería capaz de ver más allá de sus propias recalcitrantes ideas y de seguro, se la pasó todo el camino desoyendo el clamor de sus alrededores, mientras imaginaba la bala que, para el bien de todos, según el, terminaría con la vida del enemigo. Los precipitados segundos en que vieron la similar e inesperada brillantez de su conciencia en las pupilas del otro, no fueron suficientes para evitar las sombras de la vacilación que, al levantar de ambas manos, apuntar y disparar, de manera tan simultánea, como el seco golpe que sus espaldas produjo, en el recién explorado terreno. Solo el combinado destello de ambas pólvoras que como testigo, y a la velocidad de la luz, se extendía rasgando la oscuridad del cielo, sobrevivía como mensajero de un destino que con suerte, sería examinado por alguna, quizá varias de las civilizaciones que Drake, en su ecuación, había determinado, de manera conservadora, estar entre las cien millones. Fotones cargando el mensaje de una tragedia que no supo apreciar la posibilidad de sus compartidos aprendizajes y que ahora, atraídos por la descomunal fuerza gravitacional del agujero negro que, como incompresible monstruo, devora todo al centro de la galaxia y observa, con insaciable apetito, el diminuto e irresistible fulgor que amenazante insiste con cambiar, el orden de las cosas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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