Laboriosa partición

Lo que ahora reconocían como cortejo, había comenzado de manera muy discreta y cuidadosa. La diferencia en edad y la distancia, hacían de la idea del romance, algo constantemente relegado al mundo de la imaginación y para ello, era preciso nunca traerla a colación. Pasaron algunos años antes de ella decir “te quiero.” Su pequeña sorpresa, mezclada con otro tanto de alegría, le mantuvieron lo suficientemente ecuánime para responderle con un “también te quiero” que, enraizado y envuelto en el esfuerzo de preservarlo todo en el reino de la amistad, esperaba sostener en jaque y a la vez abrigar, la esperanza de un eventual desarrollo. Pero esos juegos del querer y no querer, siempre terminan creando una mella que imposibilita la completa integración a otras vidas donde persista el total olvido, haciendo de los proyectos de despedida que intentaban ponerle freno al predecible fracaso, torpes malabares del disfraz. Una suerte de camuflada payasada, en donde el retiro servía únicamente para acelerar la elaboración de los discursos y justificaciones del regreso. Estas danzas de ida y venida, se fueron haciendo más frecuentes con el tiempo, alimentando un desconcierto que aprendió a encontrar paz en el idilio de la quimera; nuestra mutua e intrincadamente confeccionada fábula. Pero un sueño que a toda hora anhela despertar, rogando que simplemente fuese una mentira que se dormía, y que lo tomado por fantasía era la divina realidad misma, estaba condenado al desengaño de ambos mundos. Ese que cuando despierto solo desea la ilusión y que cuando volando en las alas del onírico sentimiento, a cada instante teme recordar que nunca ha sido ángel. Fueron entonces los poemas, las extensas comunicaciones y los literatos de todos los tiempos, los responsables por definir, desmenuzar, explicar y recomendar con sus experiencias, sus líricas y narrativas, nuestras vivencias y multiplicidad de futuros. Se indagaron las tragedias griegas, se releyeron los clásicos del Boom Latinoamericano, la poética nacional y, no conformes con las apreciaciones de los maestros y maestras de la ficción y el verso, se exploran las tonalidades de la trova brasileña, del romántico folklore colombiano y del crudo reguetón caribeño, en nuestro desesperado intento por la versión última y definitiva del mapa que de una vez y por todas, cartografiara nuestra travesía. Fácil sería haber dicho que nada de esto funcionó. Pero el drama permanecía oculto y deseoso de ser descubierto, en la propuesta interpretación y entendimiento de cada tonada. Cada estrofa y majestoso golpe de pluma que pasaba el cedazo de aprobación como lectura obligada, se transformaba en el vivo retrato de nuestro delicioso tormento. Una confirmación del gallardo delirio vivido ya por muchos y hasta quizá, por todos los que en su momento parecieron ver su destino en la avalancha de sentimientos que otro ser les provocaba. La realización de que todos y cada uno de los grandes enamoramientos de la historia, existían fundidos con lo inalcanzable, quedando solo el recuerdo. Toda partida, y su batalla inicial por despojarse de las cortantes memorias que amenazaban con desangrar cada órgano vital, concluían en el anuncio de la rendición a lo inevitable. La recapitulación de la jornada que los convierte en lo que son. El resultado ineluctable de la más hermosa y borrascosa historia que a nadie le debe faltar, al momento de tener que contar, mostrando, el barro que se coló entre sus dedos descalzos, en certificada ratificación de su paso por la tierra.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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