
Motivado por la publicación que Eugenio García Cuevas hiciera del texto “Las cinco dificultades para decir la verdad” https://lecturia.org/referencia/bertolt-brecht-cinco-dificultades-escribir-la-verdad/904/ de Bertolt Brecht, le escribo esta nota.
Después de todo, el riesgo de colgar en tu muro de Facebook un texto tan extenso como el de Brecht pensando tendría pocos lectores y mucho menos reacciones, no fue tan grande como el esperado, ya que a esto que llamas “el imperio de la velocidad y la post verdad,” también cuenta con indómitos que permanecen fieles, no solo a la buena lectura, sin importar su extensión, sino que también, quizá más importante aun, a una desusada costumbre epistolar, que tanto ha contribuido al mundo de las letras. Entendiendo tu temor y agarrado a la esperanza, es que en tiempos recientes he ido cambiando mi enfoque hacia Facebook, de una actitud que al principio buscaba la mayor audiencia posible, a una que procura mantener una lista más depurada de amigos, constituida por aquellos que leen y se preocupan por mantener productivas e interesantes interacciones. El resultado ha sido muy positivo.
El principio del texto de Brecht me pareció problemático, pues comienza hablando de categorías tan abarcadoras como la verdad y la mentira, sin intentar hacer una definición clara de lo que por estas se entiende. De inmediato, intentando rellenar lo que me pareció necesario, pensé en el problema de que, sin clara definición de fronteras, cualquiera pudiera fácilmente atribuirse el control de la verdad, a la vez que señala la crítica de otros hacia sus postulados como la mentira, sin nada que le impidiera al grupo contrario hacer exactamente lo mismo. Ejemplos de esto en las redes sociales sobreabundan. Busqué refugio en una versión muy antigua de la verdad, esta como horizonte al que intentamos acercarnos a la vez que se aleja; la imposibilidad de capturarla en su totalidad y la necesidad de aceptar que solo tratamos con aproximaciones que constantemente deben revisarse y por esto, algo a lo que se tiene más posibilidades de percibir, si se hace como resultado de una larga vida de ensayos y experiencias que ayuden a definirla. Pero una vez me adentré en los detalles de cada una de las Cinco Dificultades, me di cuenta que mi temores eran prematuros, y de como Brecht, desde el primero de sus cinco puntos, pone el asunto en el contexto de los poderosos y los que sufren este poder, siendo la verdad, por definición, el discurso que desenmascara las triquiñuelas de los primeros, en defensa de los segundos. Algo que por las consecuencias de su ejercicio, requiere mucho valor.
Haciendo de la valentía una de las características que confirma la práctica real de la verdad, Brecht desarrolla una muy impresionante reflexión en este escrito, al señalar la capacidad que muestran algunos de pretender hablar verdad, permaneciendo estos en el discurso que cuestiona la autoridad y fomenta la defensa del oprimido, pero desde una posición que procura refugiarse en las generalidades. Esto es, una prédica que se cobija bajo las grandes y loables ideas de justicia y libertad, “brechas por donde se desliza la mentira,” según Brecht, a la vez que idealiza la figura del trabajador o campesino, haciendo de su razonamiento uno que evita los detalles específicos de la explotación y los ocultos mecanismos del poder, convirtiéndolo así en inefectivo, mientras busca posicionarse en el pedestal del prócer; el rastreo de ese resquicio social que solo usa a los explotados para pavonear su intelecto, mientras se cuida, lo mejor que puede, de las consecuencias de retar de frente al poder.
La negación que hace Brecht de la bondad como equivalente de una debilidad que evade responsabilidad en las derrotas contra los poderes, me parece otra percepción muy aguda de su parte. Ataca así la cobardía que existe en no reconocer la realidad de haber sido vencidos por falta de una estrategia efectiva, y el desliz de usar el verse víctimas de un sistema opresor, como confirmación de ser depositarios de la verdad.
Para Brecht, la verdad tampoco puede ser obvia, pues se hace inconsecuente, una verdad de pantalla. Solo basta pensar en los llamados a la paz del Vaticano o los estudios sobre la pobreza en América del Sur publicados por las Naciones Unidas, para entender como es posible usar verdades que a la vez evitan la clara condena de los responsables, además de desincentivar la organización de los que padecen y tienen en sus manos, el poder de cambiar la realidad. Se puede hasta incluso, según Brecht, dar un paso hacia adelante, adentrándose en la identificación de los causantes y en la proposición de tareas específicas y aun así, traicionar la verdad, con la cobardía que se mantiene dentro de un marco de preconcebidos esquemas, que “viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos,” ignorando las novedosas dialécticas que los eventos del presente suelen presentar. Brecht no tiene paciencia ni siquiera para los escritores que ejercitan el descubrimiento de tan solo alguna parte de la verdad, entendiendo que representan acciones desprovistas de proyecto.
Según Brecht, la verdad debe de ser un arma y, hacerla útil para los que la reciben, es un arte necesario de cultivar. Por ello desprecia las narraciones que pretenden explicar los abusos del capitalismo como eventos naturales o como una especie de inevitable plaga. En sus días, la ascensión del fascismo era el desarrollo político de mayor pertinencia, el cual entendía debía explicarse como una clara y deliberada estrategia del capitalismo y no como el resultado de una barbarie nacida del deterioro de elementos éticos o culturales. Sorprendentemente relevante para nuestros días, en este documento Brecht nos advierte sobre lo limitado que es condenar el fascismo, si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina y su desmantelamiento se deja en las manos de algún inefable destino.
Es evidente que Brecht entendía la tarea del escritor como una de compromiso político con el cambio social que adelanta la justicia y por esto, diferente a otros que pudiesen encontrar belleza en la articulación de la palabra misma, sin necesidad de politizarla, demanda del que la practica, la responsabilidad de la claridad y el esfuerzo por hacer de la comunicación con sus lectores, una de eficiente descripción, tanto de los poderes sociales que determinan la opresión, como de los mecanismos para desarticularlos. Sin embargo, esto no se debe entender como una especie de prostitución del lenguaje por parte de Brecht, en favor de la causa, pues como buen autor al fin, su escrito, haciendo despliegue de su vasto conocimiento de la literatura clásica, nos ofrece buenas reflexiones en torno a las sutilezas, tradiciones y significados que cargan las palabras. Pero su compromiso con la creación de un mundo justo, quizá por la urgencia de su momento histórico, requiere del escritor un abandono de la literatura oscura y de difícil interpretación, en favor de una belleza que se revela en la cristalina comunicación.
El ingenio de Brecht, como las ascuas de un fuego artificial que estalla en el espacio, brota por todos los rincones de este escrito, y su capacidad para ir mucho más allá de lo comúnmente aceptado como correcto entre las filas de los revolucionarios, hacen de esta publicación un inevitable tratado que conecta nuestros presentes rompecabezas políticos, con las generaciones de rebeldes que a mediados del siglo pasado, tuvieron que también descifrar y definirse, frente a la consolidación del fascismo europeo. En el plano literario, la lectura de estos apuntes me mantenía regresando a la realización de que es un poeta el que escribe, alegrándome en la oportunidad de poder leer a uno de esos maravillosos e infrecuentes seres, capaces de mover con palabras, no importando el género que usen.
Al final de cuentas, se hace patente la edad de un texto tiene más de 85 años de escrito, cuando el llamado que con tanto vigor hace Brecht de decir la verdad con valentía, especialmente a aquellos que sufren del status quo, choca de frente con la capacidad de hacer verdad de la mentira que nuestro siglo ha desarrollado. Desenmascarar a los poderosos con verdades tan valientemente escritas que sirvan a los oprimidos para entender la presente situación, se ha convertido en un ejercicio de limitada efectividad, frente a inmensos sectores de la población que, a brazo partido, defienden a sus opresores y condenan a todo aquel que quiera cultivar alguna manera diferente de ver las cosas, como el verdadero enemigo. Desde nuestra presente óptica, la reflexión de Brecht es aun valiosa como punto de partida que desnuda algunas prácticas de la oposición como falsamente revolucionarias. Pero en lo que respecta a la esperada reacción de parte de aquellos que con su trabajo sostienen a los oligarcas, permitiendo estos y hasta celebrando la expropiación de sus riquezas, en apoyo a un sistema que piensan es el mejor, el texto requiere una urgente actualización.
