
Desde temprano supiste que te quise. Yo, bajo tus holgadas vestimentas y gruesos lentes de universitaria, sabría adivinar una belleza desapercibida, que para mi suerte, coincidía con tu descubrimiento. Una piel que con electrizante novedad, se rendía al flamante y fugaz milagro de ser amada. Preferías la intimidad pasajera. Los libros de literatura italiana que abrazabas en camino al aula, servían de muro protector. El inmutable arraigo a un futuro del que con ojos de exploradora, habías ya trazado el mapa. Eras el despliegue de quien en público gustaba de ser sombra. En nuestra soledad, eras otra cosa. Un hondo torrente de sancionada promiscuidad donde nos permitimos el engaño de ser los únicos. Por amarte, siempre deseé más de lo que en el encierro dabas. Esas paredes de cualquier habitación que hasta hoy testificarían, que lo tenía todo. Pero tus ropas representaban el fin de mis accesos. Como si hace tan solo unos minutos no hubiese acariciado todos los deslices de unos labios inundados en desvergonzada humedad. Tan larga había sido la morada en tu anonimato que ahora, lo transformabas en el refugio al que regresabas luego de entregarlo todo. En la calle, no me pertenecías, pues en la salida que marcó el debut de la suelta rienda que le diste a los sentidos del placer, habías también decidido no ser de nadie. Sabía que era así, aunque me negara aceptarlo. Por ello mientras te quería, a la vez te perdía. De lejos te miraba, sin que supieras, caminando orgullosa de tu nuevo paraguas. Un día, mientras te dejaba en clase, pido prestada tu adorada posesión, pues antes de regresar a buscarte iría al almuerzo y presentía lluvia. No llovió, y al verte salir del salón descubrí en tu rostro que había olvidado el paraguas en el Burger King. Fingiste perdonar. Décadas después te encuentro y en mis esfuerzos por controlar unas eruptivas conjugaciones sobre la lejana emoción que jamás partió del todo, sentía que aun debía disculparme, por haber extraviado tu paraguas.
