
El médico y su paciente son como el pensador y su sociedad. Educado, el buen galeno aprende y confirma con la experiencia, la importancia de pensar su práctica en el mayor posible de los contextos. Un tratamiento que se limite a reaccionar ante la emergencia médica, con frecuencia se ve obligado a tomar drásticas medidas que pudieron evitarse, si una conciencia de prevención hubiese estado presente. El cáncer, por ejemplo, en ocasiones nos toma por sorpresa. Pero en múltiples casos es el resultado de costumbres y opciones de vida que, con todo lo que se conoce, ya han sido identificadas como agentes que incrementan las posibilidades de desarrollar la enfermedad. Esto es cierto para una multiplicidad de condiciones como hipertensión, diabetes y demás. Si existiese un entendimiento claro a nivel tanto personal como de la sociedad en general —sueña el médico— sobre las consecuencias de los hábitos alimenticios y rutinas diarias, especialmente en los primeros años, el número de enfermedades crónicas con que habría de enfrentarse, sería mucho menor. Desafortunadamente, para cuando el enfermo llega a la clínica, por lo general la dolencia está en un estado tan avanzo, que el tratamiento no tiene opción más allá de ser agresivo, aun con las consecuencias de sufrimiento en otras partes del cuerpo, efectos secundarios y deterioro en la calidad de vida que el paciente tenga que asumir, si es que se quiere tener una oportunidad para seguir existiendo. El pensador crítico, también educado y ducho por experiencia, conoce a plenitud la serie de males sociales que pudieron haber sido evitados, si tan solo la atención de una buena educación hubiese sido parte innegable durante los años iniciales de vida de todo ciudadano. Por esto, de la misma manera que un doctor no puede ir atrás en el tiempo del paciente, asegurándose que los comportamientos que desembocaron en la condición que hoy lo obliga a destruir una buena parte de células saludables, con tal de asegurar que elimina las cancerosas, un filósofo social tampoco tiene posibilidades de arreglar un problema de corrupción gubernamental con ajustes en la infancia del burócrata, quedando así sin otra salida más que extirpar del aparato gubernamental, el tumor que permite tales acciones, aunque esto signifique abrazar una urgente prioridad que parezca impedirle dedicación, también plena, a la tarea de corregir los elementos culturales que corrompen —aun con sutilezas que parecen promover identidades previamente silenciadas, enmascarando el crecimiento de tan solo un puñado de cuentas bancarias— el corazón de unos jóvenes que más temprano que tarde, tomarán las riendas del país. No es bueno que la formación de nuestros niños esté a la merced de una industria del entretenimiento que, sin importarle las consecuencias de lo que ofrece, solo piensa en sus ganancias monetarias. No se puede olvidar. Es la base preventiva que el médico muy bien conoce. La urgencia que, en momentos de salvar al paciente, entiende la necesidad de hacer secundario todo lo demás, termina contribuyendo a la perpetuación del círculo vicioso. Un médico de emergencias también sabe que se pasará toda la vida arrancando eludibles tumoraciones, si con esto desestima la educación de niños y jóvenes. Así también, la batalla urgente e impostergable contra la corrupción que desatiende las vías por las cuales se promueve y reproduce una civilización depravada al servicio de los poderosos, termina alimentando el monstruo de las mil cabezas que vive feliz pues bien sabe que, en cuando se le corta una, le aparecen diez más.
