
Desde la adolescencia de aquella noche del siglo pasado, donde en el autobús que viajaba de São Paulo a Belo Horizonte, en algún momento cerca de las doce, decidí, sin ningún premeditado propósito, mirar soñoliento por la ventana, he sentido una conexión con esa bóveda celeste, la inmensidad de su negrura y el desmedido desparramar de estrellas que, desprovisto de toda luz citadina, maravillaron mi rostro. Mis abuelos vivían en el campo, la montaña puertorriqueña. Pero imagino que fue la protección que le regalaron a mi niñez, la que nunca me permitió ver las estrellas. O por lo menos no de la manera en que las vi en aquella oscuridad brasileña. Por mucho tiempo les llamé estrellas. Así fue que las conocí. Pero el impacto del evento juvenil en tierras extranjeras persistió, hasta que el insaciable hambre de saber me enfrentó a la Antigua Grecia y al alucinante pensar presocrático. Entonces vi las cosas con mayor claridad y supe que esa cúpula de la noche, la que pensaba indomable en su sombra y eternidad, había sido agujereada, por el ilimitado fuego que ocultaba tras de sí. Estas pequeñas perforaciones en la lobreguez del interminable manto, eran la evidencia de nuestra fragilidad. Una precariedad que solo sobrevivía, gracias a la capa de protección que traía cada noche. Los humanos y sus ciencias progresaron y con mejores instrumentos, pudieron ver puntos en el sombrío velo que, por ser tan diminutos, disfrutaban escapando la simple vista. Con el pasar de las épocas, el inventario de estos orificios fue tan amplio que, como quien por ver tantos humanos es capaz de conocer todas las etapas de la vida, sabemos ahora que nacen, se desarrollan y, eventualmente, mueren en brillantes explosiones, con la capacidad para sellar las pequeñísimas aberturas que solo ocurren una vez cada 10,000 años. ¿Qué benevolencia o suerte —cabe preguntar— fue y es capaz de brindarnos la oportunidad de la existencia en tan inseguro e improbable vecindario? ¿Cuál sería el propósito, si alguno, de una realidad que pende de tan vulnerable orden, adjudicando a la respuesta del sin sentido tan enorme tentación? Todo fuese más sencillo, si no fuera por la inundación de aquel joven pecho abofeteado por los astros. Ese vapor o flujo que se extendía hacia las extremidades y que bien reconocía y recordaré, pues era el mismo que surgía del suculento labio de aquella belleza colegial. Similar al electrizante destello que despidieron los versos del primer poema, al silencioso rumor de unos ojos que me entendían, al primer sueño en un idioma extranjero, al nacimiento de mis hijos, a la paz de saber lo importante, al azar de mirar por la ventana de una remota medianoche. En fin, a todo lo que siempre anda amenazando con anular el absurdo.
