El Gorgias, Democracia en Juicio

Quien quiera investigar el concepto de democracia e intente definirlo, tarde o temprano tendrá que enfrentar a Platón. Su obra que, posiblemente completa, sobrevive hasta nuestro días, es monumental y comentarla en su totalidad es un proyecto de años. Les aviso si termino. Por mientras, el binomio del diálogo Gorgias y su posterior República, representan un buen comienzo en el proceso de entender su propuesta de organización política en la ciudad. Estas notas se concentran en ser una reflexión en torno al Gorgias, relegando la exploración detallada de su República para una fecha posterior, pero reconociendo que las ideas expuestas en el primer texto, son la base de lo que se desarrollará con mayor expansión y profundidad en el segundo (Medina González).

Todas las citas que hago del diálogo Gorgias son del texto: “Plato, Complete Works” Hackett Publishing Company, Indianapolis / Cambridge, 1997, editado y anotado por John M. Cooper. La traducción del inglés es mía y en ocasiones he parafraseado el texto tratando de añadir simpleza y claridad, pero siempre teniendo presente la necesidad de salvaguardar, sin corromper, la idea y tesis original. La inclusión de los intercambios entre Sócrates y sus interlocutores que aquí hago es, aun cuando resumida y selecta, extensa, y se permite con la intención de proveer al lector la oportunidad de disfrutar y apreciar la atención al detalle que Platón, respetando lo que parece ser el estilo de Sócrates, preserva en sus escritos. Es común entre los comentaristas del Gorgias, mencionar lo innecesariamente largo del texto, sobre la base de las supuestas repeticiones en las que Sócrates se envuelve. Sin embargo, abreviar o comentar cualquiera de los escritos de Platón, evitando la reproducción de los diálogos por consideraciones de espacio, inevitablemente coloca al lector fuera de la experiencia a la cual Sócrates, con gran empeño, exponía a las grandes audiencia que lo rodeaban. Esta estrategia es defendida por Platón y, entre otros, el uso de esta peculiar estructura literaria, tiene el propósito de destacar la forma en que Sócrates gustaba construir y sostener sus argumentos, los cuales, muy bien pudieron haberse presentado sin necesidad del diálogo. Pero prescindir de estos hubiese también negado a aquellos que ofrecían ideas contrarias a las de Sócrates, la oportunidad de, en detalle, sostener la lógica de sus propuestas.

De las primeras cosas que notan los lectores de nuestros días al enfrentarse al texto —así como los innumerables lectores que ha tenido Platón a través de los siglos— es lo frescas y contemporáneas que parecen las tesis y controversias en las que Sócrates se envuelve. Escuchar a sus colocutores es como escuchar a cualquier compañero de aula; como si leer los comentarios de tus amigos (o de los no tan amigos) en Facebook y, gran parte de la dulzura que se halla en la extensión de los diálogos, está en el placer de ver a Sócrates desmenuzar, con paciencia de santo e impecable agudeza intelectual, las posturas que se le presentan, además de su dinámica de extraer, con repetidas preguntas, las ideas mismas de sus contrarios, revelándolos así, en sus irreconocibles contradicciones. Esto, como enseñanza para nuestra propia forma de pensar y argumentar, tiene un valor incalculable y este ensayo es, en parte, una invitación a sumergirse en el arte del debate que ejerce Sócrates, esperando ser además un incentivo para ir y leer directamente los diálogos de Platón. Con esto no se quiere decir que Platón siempre logra absoluta claridad y solidez en sus ideas. Amplios son los estudios y lecturas que durante los siglos han encontrado fisuras en sus planteamientos y valor anteriormente menospreciado, en aquellos que parecían haber sido humillados por la agudeza socrática (Medina González). Por esto, se debe tener siempre presente que los diálogos representan ideas en proceso de maduración, así como los escritos de todo pensador en cualquier época. Como bien nos dice E. R. Dodds:

“[Plato] was bound to be, his personality being so complex, his thought so richly various and yet, as we know it in his dialogues, so incomplete—so full of hesitations, reinstatements, fresh starts, of ideas that go underground for a time to reappear later in a new guise, of lines of arguments that seem to converge, yet never quite meet to form a tidy system.”

En otras palabras, estos textos permanecen vivos en su pasada y actual relevancia, además de no ser el denso ladrillo ideológico que muchos temen y, como tal, permanentemente invitan nuevos lectores a participar en una reflexión y debate que lleva 24 siglos de desarrollo, sin aun mostrar señales de caducidad. Nadie sería capaz de en el presente afirmar que la democracia, como concepto y práctica, está finalmente definida. Muchas son entonces las razones para procurar leer y adentrarse en el maravilloso mundo de Platón.

Sócrates, que se la pasaba por la ciudad de Atenas buscando con quien conversar y desarrollar su filosofía, parece enterarse que Gorgias, orador y maestro de reconocida fama, está dando una presentación y, ni corto ni perezoso, se dirige al lugar del acontecimiento, solo para enterarse al llegar que el discurso acababa de terminar, lamentando su tardanza. Gorgias, un personaje real —posible discípulo de Empédocles— era también un profesional de la práctica política, habiendo sido embajador de su tierra natal Lentini en diferentes ciudades, incluyendo Atenas, en donde cultivaba una gran reputación entre sus habitantes. La impresión que puede dar la lectura del diálogo, en una redacción que tan favorablemente presenta las intervenciones de Sócrates, haciéndolas parecer sólidas y trabajadas, en comparación con las de los oradores (sofistas), las cuales provocan la sensación de ser apresuradas y superficiales, llevaría a la errónea conclusión de que Gorgias es un pensador de segunda categoría, el cual solo se ha valido de sus destrezas en el discurso para acumular fama. A fin de cuentas, es esta una de las conclusiones del escrito. Sin embargo, existen textos de Gorgias que sobreviven hasta nuestros días —“Encomium of Helen”— en donde se puede leer a un pensador detallado y preocupado por infundir elementos teóricos a sus posturas (Kennedy) y que, por defender a Helena contra la acusación de causar la guerra contra Troya y demás culpas de las que mujeres son por lo general objeto, tiene un toque sorprendentemente feminista y por lo tanto, avanzado para la época. Leer los textos de Gorgias confirma las posiciones que Platón le atribuye en el diálogo (Guthrie). Sin embargo, luego de leer el diálogo socrático, los escritos de Gorgias nos dejan ver cuan parecidas eran las posiciones de este y Sócrates, obligándonos a tener los sentidos bien alertas en cuanto a cuál es el meollo interno que las separa. La influencia de Gorgias en el mundo de la antigua Grecia era evidentemente amplia y muchos eran los que se sentían atraídos por sus reflexiones sobre la naturaleza de las palabras y el discurso que este ofrecía. Sócrates conocía esto muy bien y, sin cohibirse en señalar a Gorgias las faltas de su lógica, se puede notar una deferencia que no le brinda a otros que participan en el foro. De no tratarse de un pensador tan importante como Gorgias, poco le hubiese interesado a Sócrates someterlo a sus interrogantes. Es entonces razonable describir como épico, el choque entre ambos. Esto, junto con el reconocido renombre de Sócrates, debió haber asegurado un amplia audiencia, curiosa de presenciar el debate entre dos gigantes de la palabra en Atenas —como lo confirma el texto— con resonancias que llegan hasta nuestros días.

Calicles, muy posible también otro personaje real, aparece en el diálogo como un joven y ambicioso ateniense, ansioso de aprender lo más posible de Gorgias, el cual, como respetado maestro, prometía con sus enseñanzas la posibilidad de posicionarse entre la más deseable de las vidas que la ciudad pudiese ofrecer, a todos aquellos que aceptaran ser sus discípulos (Cooper). Al ver a Sócrates acercarse, Calicles le dice, “ves, así es que se se debe participar correctamente en guerra o batalla,” refiriéndose al discurso que aparentemente Gorgias acababa de concluir. Querefón, amigo cercano a Sócrates y al cual este último culpa por llegar tarde, consecuencia de sus merodeos en el mercado, indica que Gorgias es su amigo y que está seguro que si le pide que repita el mismo discurso para Sócrates o quizás uno nuevo, este accederá. Sócrates aprovecha la oferta, pero indica que el discurso se puede dejar para otra ocasión, pues mejor desearía interrogar a Gorgias sobre cuales este entiende son la naturaleza y beneficios de su profesión de orador y, sobre las ganancias que pueda brindar la posición de maestro. Conociendo a Sócrates, era de esperarse que esto no fuese más que el bosquejo de una encerrona que premeditadamente le tiene preparada a Gorgias para, revelando la fragilidad de sus posiciones en el diálogo, crease una plataforma para exponer lo que ya hace algún tiempo venía reflexionando. Gorgias accede a la petición. Polo (“potro” en griego y que según avanza el diálogo resulta difícil imaginar un nombre más apropiado), personaje también real y seguidor de Gorgias, interviene alegando que este último está cansado y que él es capaz de contestar cualquier pregunta. Querefón, encargado de cuestionar a Gorgias en nombre de Sócrates accede, abriendo así el diálogo con una pomposa intervención de Polo, que finaliza con la declaración de que “Gorgias se dedica a la más admirable de las artes.” Sócrates no vacila en caracterizar esta respuesta de vacua, pues falla en contestar su pregunta. De entrada queda el estilo de los oradores establecido por el joven Polo, cual si pescado fresco servido sobre plata, para las hambrientas críticas de Sócrates. Esto provoca la rápida intervención de Gorgias quien, queriendo esclarecer la respuesta de Polo en torno a lo que se dedica su profesión, responde, “oratoria, Sócrates.”

Sócrates, conversando ahora directamente con Gorgias, le pregunta si su arte también incluye enseñarlo a otros, a lo cual Gorgias dice que sí.

— ¿Qué tipo de cosas le interesan y preocupan a la oratoria Gorgias?

— Los discursos.

— ¿Qué clase de discursos? Pregunta Sócrates, ¿o acaso la oratoria se interesa en todo tipo de discursos?

— No, Sócrates; solo en aquellos discursos que hacen la comunicación más efectiva.

Sócrates no perderá tiempo en preparar el camino que anunciará la profesión de Gorgias como una práctica que se define y pretende enseñarse, como oratoria por la oratoria misma, sin mostrar interés en el aprendizaje del conocimiento sobre lo que habla. “¿Cómo justificar —argumenta Sócrates— que se pueda ser mejor que un doctor en discursos sobre medicina, sin siquiera haber estudiado la materia?”

“Cualquier arte pudiese entonces —continúa Sócrates— ser llamado oratoria, pues todos, de alguna manera u otra, comunican lo que hacen.” Pero Gorgias esclarece que esas artes se dedican a conocimientos específicos y trabajan casi exclusivamente con las manos, a diferencia de la oratoria que el practica y enseña, la cual se preocupa solo por el discurso.

— Matemáticos y astrónomos hacen poco o ningún trabajo manual, dice Sócrates, concentrándose casi exclusivamente en su discurso.

Sócrates indica que es evidente que entre estos, números y estrellas son el contenido de sus discursos. “¿Cuál es el contenido entonces —pregunta Sócrates— sobre el que se construye el discurso de los oradores?”.

— El mejor y mayor de todos los contenidos Sócrates. Fuente de libertad de la cual bebe la humanidad, manantial del que brotan las leyes que rigen los destinos de los ciudadanos.

— Insisto. ¿Cuál es el contenido Gorgias?

— La pericia de persuadir a los jueces en las cortes de la ley, a los consejeros en reuniones oficiales y a los asambleístas o miembros de cualquier otro cuerpo político. Este arte hace de los médicos tus esclavos y permite que los expertos financieros puedan hacer dinero para otros y no solo para ellos mismos.

— ¿Algo más, además de la persuasión?

— Nada más Sócrates.

—Realmente no entiendo que quieres decir con persuasión. ¿Es acaso la persuasión algo exclusivo del arte de la oratoria?

—No lo es.

Persuasión como respuesta, le parece a Sócrates otra forma de esconder lo que este tanto anhela develar. Como decir “la más admirable de las artes (Polo),” a la pregunta de cuales en específico, son los elementos en que se basa el arte de la oratoria.

—Un matemático, repite Sócrates, diría que su oratoria, su arte de la persuasión se basa en los números. ¿Qué diría un orador?

Gorgias insiste en su contestación previa sobre el papel que los oradores ejercen en las cortes y reuniones políticas.

—Si piensas Gorgias, que existe algo como haber aprendido y ser convencido (Gorgias muestra que así es), entonces debes también creer en la diferencia entre ser convencido y convicción.

—Supongo que sí Sócrates.

—Supones bien, pues existe la verdadera y la falsa convicción (creencia), pero no el verdadero y el falso conocimiento (ciencia). Y, aquellos que han aprendido, tanto como los que han sido convencidos, ambos, fueron persuadidos. ¿Cuál de estas produce la oratoria que se practica en las cortes y lugares de debate político, en relación con lo justo y lo injusto; convencimiento sin o con conocimiento?

—Convencimiento Sócrates; un orador no es un maestro en las cortes sobre lo justo o lo injusto. Su trabajo es persuadir.

—Dime Gorgias, cuando en los foros políticos de la ciudad se discuten proyectos de construcción, como puertos y navieras, o se debate la organización de los ejércitos y el despliegue de tropas, ¿acaso no son los expertos en construcción y asuntos militares a los que se consulta para ello?

—Los proyectos de construcción en la ciudad de Atenas, Sócrates, fueron aprobados sobre las recomendaciones de políticos como Temístocles y Pericles, no sobre lo que los trabajadores y artesanos supieran sobre como edificarlos. No que estos no dieran su opinión o se les dejara de escuchar. Pero al final, fueron los consejos y opiniones de los oradores los que prevalecieron.

Sócrates reacciona sorprendido ante los poderes de un oratoria que parecen sobrenaturales. Gorgias se vale de esto para exponer lo grandioso de la oratoria la cual, en su opinión, encierra y subordina todas las demás artes y sus logros. Cuenta este sobre las muchas ocasiones que ha tenido que acompañar a doctores para cambiar el parecer de pacientes que se niegan a seguir sus recomendaciones y tratamientos. Exactamente lo mismo ocurre en las cortes y asambleas políticas, según Gorgias, donde los artesanos y expertos usan a los oradores, para convencer a los asambleístas y gobernantes sobre tal o cual proyecto que saldría de sus manos. Es entonces lógico, continua Gorgias, que los oradores, como poseedores de tal talento, lo usen para impartirlo como enseñanza a todos aquellos que quieran iniciarse en el glorioso arte de la retórica. Sin embargo, aclara Gorgias, oradores no pueden hacerse responsables de lo que sus estudiantes hagan con las destrezas que estos le imparten. De la misma manera que un entrenador de boxeo, por ejemplo, no puede ser responsable si uno de sus pupilos utiliza las aprendidas técnicas de la lucha, para ir y hacer daño físico a familiares y amigos.

Sócrates enseguida sospecha la existencia de un posible defecto en la ética que regula el ejercicio de maestro en el que los oradores buscan establecerse y, el papel que juegan tanto estos, como sus estudiantes, en sus intervenciones en los asuntos y foros políticos de la ciudad. De aquí en adelante, esto parece centrar los esfuerzos interrogatorios de Sócrates que, al final, como se verá, resulta en su tesis principal, al insistir que la práctica de la oratoria en sí misma, sin un estudio previo y compromiso con lo justo, la convierte en un mero instrumento de maldad y como tal, uno de los fallos más reprochables de la democracia ateniense. La crítica que desarrolla Sócrates en este diálogo, contra los políticos que dominan y han dominado el experimento democrático ateniense, es arrolladora y, sin duda se convierte en la base del posterior texto República, donde Platón, como siempre, en palabras de Sócrates, entiende necesaria la elaboración de las bases teóricas y prácticas de un sistema que, aprendiendo de los errores de la democracia, busque perfeccionar el arte de la política, en beneficio último de sus ciudadanos. Cuán exitoso o no resultó ser este esfuerzo platónico, es raíz de extensos debates y reflexiones que han inundado las bibliotecas de los pasados 24 siglos. Sin embargo, independientemente de la posición que se tome al respecto, resulta innegable que el pensamiento socrático sobre la democracia y el ejercicio de la política, han dominado y más, determinado su trayectoria hasta el punto de hacer imposible pensar sobre el Estado en nuestros días, sin la necesidad de ir a los diálogos de Platón, para realmente entender cómo llegamos a donde hoy nos encontramos. Esta, si se quiere, es la razón y motivo detrás de estas notas. Las cuales son parte de un proyecto mayor que, luego de estudiar y entender, dentro de lo posible, a Platón, pasando luego por Aristóteles, Hobbes, Locke, Hume, Hegel, Marx, Gramsci, Lacan, Rawls, Deleuze, Guattari, Foucault, Ranciere y Zizek, entre otros, pretende elaborar una historia de la idea democrática, su presente condición y las posibles propuestas que puedan enmendar e influenciar sus prácticas y pensamiento futuro.

— ¿Piensas Gorgias, que puedes enseñarle oratoria a cualquier estudiante?

—Por supuesto, contesta Gorgias.

Sin embargo, esta persuasión que enseñas —indica Sócrates— solo es efectiva, si se practica entre personas sin conocimiento. Por ejemplo, un orador no podría usar sus destrezas, tratando de convencer a un grupo de médicos sobre asuntos de medicina del cual el orador desconoce, pues es imposible tener mayor poder de persuasión que aquellos que conocen el arte del que se habla. Y no solo entre médicos es esto válido, sino que lo es también entre cualquier grupo de conocedores sobre el tema que se discuta. Entre estos expertos, el orador no tendría nada que decir y su poder y habilidades quedarían limitadas a grupos de ignorantes; desconocedores del tema que se debate, pues sería solo ahí donde la agilidad del orador tendrían algún tipo de utilidad. Entonces el orador no parece encontrar la necesidad de adquirir conocimiento sobre ningún otro arte que no sea el suyo, esto es, técnicas y dispositivos que le permitan enmascararse como un sabio en asunto de los cuales realmente no lo es, aunque solo lo pueda hacer frente a aquellos que saben tan poco o menos sobre el tema de lo que el conoce. Y —cuestiona Sócrates— ¿qué tal con respecto a lo que es justo o injusto, vergonzoso o admirable, bueno o malo? ¿Se encuentra aquí el orador en la misma posición que está, en relación a los expertos en cualquier arte, ignorante sobre estos? Y si resulta que no sabe sobre lo que es justo, bueno y admirable, ¿también busca estrategias para enmascararse y pretender que sí sabe frente a los que no? ¿O resulta que el orador sí investiga y sabe sobre justicia, lo admirable y bondadoso, estando así mejor preparado para enseñarlo a sus estudiantes, en caso de que estos desconozcan? ¿O acaso no lo ve como su responsabilidad?”

—De no conocerlas Sócrates, mis estudiantes aprenderán estas cosas de mí.

El sujeto del ataque que hace Sócrates, los oradores, esos individuos que con su discurso han logrado posicionarse en nichos gubernamentales de poder, llevados hasta allí tan solo por su habilidad de persuadir, han encontrado razón para también presentarse como maestros, generando así ingresos de alumnos que, seducidos por la ambición, ven en este aprendizaje su boleto de entrada a las mismas influencias y riquezas de las que gozan sus instructores. Esta costumbre educativa se consolida con el tiempo, hasta hacer de la oratoria con fines de favor y lucro en las estructuras políticas de las ciudades, una profesión de prestigio, idealizada como noble y deseada por gran número de ciudadanos. Hoy les llamamos abogados, cabilderos. Individuos que fiel a su legado sofista, han elevado la acción de persuadir, a un nivel de validez e inmunidad casi celestial, donde la consideración previa sobre lo justo o injusto de su discurso, a la hora de ejercerla en los pasillos del poder político, se hace innecesaria. Este ejercicio ha desarrollado tanta reputación que, colándose de manera extensa entre la totalidad de la ciudadanía, desemboca en un comportamiento que sin siquiera requerir educación formal, de igual manera asume una iluminación basada en la aceptación de una brillantez y lucidez nata del pensamiento propio, acarreando un similar desprecio por la investigación y la reflexión crítica. “Esa es mi opinión” —común mantra entre los conversadores de tiempos presentes—, que exige el respeto ajeno solo por ser producto de la mente del que lo dice, independiente de documentación o estudio preliminar que lo sostenga, es el heredero directo de los oradores que enfrenta Sócrates; la cosecha de lo que los sofistas mediterráneos, contemporáneos de Platón, sembraron. La advertencia socrática deja de limitarse entonces a los políticos, tanto atenienses como presentes, incluyendo las profesiones de abogado, cabildero, analista y cualquier otra de similar calaña que los siglos desarrollaran, cimentando los valores de la oratoria antigua, sino que también se aplica a cada individuo que gusta de imitar el mismo esquema, en la manera en que se relaciona con los demás. Basta con echar un vistazo a los corrientes intercambios cibernéticos, para entender que la actitud que Sócrates señalaba como uno de los cánceres de la democracia ateniense, esta hoy en día esparcida a todos los niveles de la interacción humana. Hablar y debatir sin investigar y sin mucho menos preocuparse por las consecuencias de su discurso, son prácticas que han pasado a caracterizar la cotidianidad de nuestra época.

—Estás en lo correcto Gorgias. Pues si el que aprende carpintería es carpintero y el que hace lo mismo con la música es músico, podemos decir que lo aprendido hace al hombre. Lo mismo con el que aprende lo que es justo e injusto. Por ello el hombre justo hará lo justo y el orador, como persona educada en lo justo, jamás hará lo injusto. Así que es contradictorio lo que decías antes, sobre el maestro no tener responsabilidad por las acciones erróneas de los estudiantes, pues no tiene sentido que el que bien aprendió lo justo, sea capaz de cualquier otra cosa que no sea lo justo.

Aquí Polo entra abruptamente en la conversación, acusando a Sócrates de ser un grosero, por entrampar a Gorgias en una contradicción. Sócrates celebra el ímpetu y energía del joven orador. Polo entonces exhorta a Sócrates a contestar su propia pregunta, sobre qué es entonces, en su opinión, el arte de la oratoria. Sócrates responde que no es un arte, sino tan solo un talento. Un ingenio que se manifiesta en la búsqueda y producción del placer y la gratificación. Los oradores, insiste Sócrates, son como los reposteros, poseedores de un talento que solo procura producir placer y como tal, no tiene razón para ser admirado de la manera que lo propone Gorgias, pensando incluso que es hasta vergonzoso.

Sócrates afirma la existencia del cuerpo y el alma, añadiendo que ambos requieren estar en forma, saludables. Pero al igual que el cuerpo puede aparentar salud sin tenerla, también el alma. El arte que se dedica a mantener el alma en buenas condiciones, aclara Sócrates, es la política. El arte que hace lo propio para cuidar el cuerpo, tiene dos partes, gimnasia y medicina. En la política, prosigue Sócrates, la contrapartida de la gimnasia es la legislación y su medicina, la justicia. La adulación que practican los oradores, insiste Sócrates, es similar al talento de los reposteros, los cuales deleitan al cuerpo con sus sabores, pero sin pensar en las consecuencias que esto conlleva para la salud. Así los oradores, según Sócrates, no recurren a la reflexión para determinar que le conviene al alma. Por el contrario, permanecen pendientes a la dirección en que soplan vientos, para entonces aliarse con la fórmula que parece vencedora y así, deleitar a la asamblea en el placer de decirle lo que esta quiere escuchar, sin siquiera considerar si lo que proponen es lo correcto o lo justo, cual si reposteros haciéndose pasar por médicos, distorsionando la legislación y la justicia a conveniencia. En Puerto Rico los llamamos vela güiras. Sócrates compara este ejerció legislativo y judicial de los oradores, con la competencia entre un repostero y un doctor, frente a un jurado de niños que debe decidir entre dulces o medicina.

“Cierto —responde Polo— pero nada de esto niega el gran poder que poseen tanto los oradores como los tiranos.”

— De hecho, responde Sócrates, estos poseen la menor cantidad de poder posible, por hacer lo que les parezca, sin ningún tipo de consideración intelectual.

Esta sorprendente aseveración, central como vamos viendo, en la tesis de Sócrates, confunde a Polo, como de seguro aturde a todo el que la lee por primera vez. El resto del diálogo dedica considerable energía en desarrollar esta, la idea de que los poderosos, al igual que los oradores, en el ejercicio indiscriminado de su poder y habilidades, son los que en realidad menor poder tienen y, además, los que resultan ser más infelices entre los miembros de la ciudad.

— ¿Piensas Polo, continúa Sócrates, que cuando la gente hace algo, lo hace por querer lo que hacen al momento o por lo que vendrá como consecuencias de sus presentes acciones? ¿Crees, por ejemplo, que las personas toman medicina porque les gusta o por el beneficio posterior que esperan obtener? O el pescador que enfrenta peligrosos mares, ¿Lo hace por el placer de jugarse la vida o por el beneficio de una posible buena pesca? Igual el tirano, no encarcela, confisca propiedades, exila o ejecuta por el placer que le causa el acto mismo, sino por el beneficio que le traerá al castigado, de aprender su lección sobre los erróneos actos que cometió y la esperanza de que use la oportunidad para rectificar.

— Correcto, dice Polo.

— ¿Piensas entonces, pregunta Sócrates, que el gobernante que ejerza su poder de esta manera y lo haga con el propósito de buscar beneficio personal, actúa de manera errada?

— Así lo pienso Sócrates. Pero no quiere decir que aquellos que ejercen el poder de manera injusta no sean felices. Arquelao, hijo de Pérdicas, soberano de Macedonia, ¿piensas que no es feliz?

— No lo conozco, responde Sócrates, pero si es un hombre injusto y malvado, es también miserable.

— Arquelao era hijo de la esclava de su tío, sin derecho alguno al trono, cuenta Polo. Su destino era ser esclavo de su tío, pero en su lugar lo mata, al igual que a su hijo, heredero del trono y toma su puesto como rey. Pero para ti Sócrates, esto es miseria, pues su felicidad estaba en ser un esclavo.

— Lo que dices Polo, no es más que un típico argumento de orador. Arquelao no puede ser feliz sin examinar las injusticias que corrompen su alma y lo hacen sufrir. Este solo puede encontrar dicha si acepta el castigo que conlleva los crímenes que cometió. Evitarlos sería como evitar el tratamiento médico que un cuerpo enfermo necesita.

— Eso es absurdo Sócrates y todos los que nos escuchan estarían de acuerdo.

— Llamar a votación Polo, en lugar de argumentar un punto, es también costumbre de los oradores. Como es también su costumbre el uso que hacen de sus habilidades para defender personas que han cometido las peores atrocidades, ayudándoles a buscar formas de evadir todo tipo de castigo y consecuencias.

Aquí se puede apreciar como Sócrates no solo van construyendo su argumento sobre las barbaridades de los monarcas que los oradores pretenden justificar, sino que también usa la oportunidad para continuar su vigorosa crítica a la democracia, cuestionando la idea de que la razón pertenece exclusivamente a la mayoría, no sin antes insistir en el rol oportunista que juegan los oradores en todo este esquema político. Es difícil, de nuevo, no pensar en como 24 siglos atrás, ya se veía el poder que iban acumulando estos profesionales de la palabra legal y como esto podría desembocar en lo que precisamente vemos hoy, el ejercicio de los poderes estatales en manos casi exclusivas de los oradores de las leyes, los juristas y de todos los que juegan a comportarse como tales. Aquellos que solo se preocupan en la afinación de un talento que no toma lo justo e injusto en consideración, sino que además muestran admiración en el acto de perfeccionar el ingenio de argumentar bien el caso que le toque o el que personalmente más le convenga.

Ante tan devastador planteamiento, Polo parece estar de retirada y es Calicles el que vuelve ahora a la escena para recriminar a Sócrates de hacer lo mismo que hizo con Gorgias, atrapar a su oponente en contradicciones que se basan en juegos de palabras y que solo tienen como meta, darle el placer a la audiencia de presenciar la humillación de alguno de sus interlocutores.

— Si las cosas que dices Sócrates, argumenta ahora Calicles, son ciertas, ellas revertirán lo que la humanidad ha considerado hasta ahora cierto, poniendo todo patas arriba y pretendiendo que lo que pensamos y hacemos, es lo opuesto de lo que deberíamos pensar y hacer.

Para Sócrates, como para cualquier filósofo, estas palabras de Calicles, las cuales pretenden ridiculizar sus ideas, deberían por el contrario haber sonado como música para sus oídos, pues, ¿qué puede desear un pensador más allá del reconocimiento por haber demostrado que, lo hasta ahora se considera normal pensamiento y acción, lo establecido, es en realidad falso e incorrecto?

— Lo que haces, Sócrates, prosigue Calicles, es distorsionar las ideas basadas en la Naturaleza que presentaron Gorgias y Polo, llevándolas a un plano de legalidad (convención) que solo sirve para agitar los ánimos de los oyentes que nos rodean. Te aprovechas de que lo que se discute, lo que dicta la Naturaleza, es contrario a lo que se pueda determinar por las leyes (convenciones). Eres bien conocido Sócrates por usar este truco. Cuando alguien habla sobre cosas naturales, gustas de argumentar con esquemas legales y viceversa. Yo pienso que las personas que instituyeron nuestras leyes fueron las débiles mayorías. Ellas hacen esto, gustando de repartir culpa y alabanzas, teniendo solo el beneficio propio en mente.

Esto parece ser exactamente la crítica que Sócrates le hace a la democracia ateniense. Sin embargo la diferencia estriba en que Sócrates acusa a los oradores de ser los que usan el sistema para acomodar lo que encuentran ventajoso para ellos, mientras que Calicles muestra se desdén, acusando a las mayorías de ser las verdaderas culpables de tal práctica. Sócrates nunca llega al punto de ver a los ciudadanos atenienses como maquinadores del sistema democrático, en la misma manera que lo hace con los sofistas. Sin embargo, también describe a la población como dolientes del alma —así como orador y tiranos—, en la medida en que se acomodan en búsqueda del discurso adulador que les brinden placeres de corto plazo, sin considerar las consecuencias futuras. Eventualmente en el diálogo se verá claro que la alternativa que ofrece Sócrates a la presente situación de generalizado malestar social, es un balance que busca eliminar, tanto a los engreídos sofistas y gobernantes que pretenden pasar su beneficio personal como natural, como a una actitud ciudadana que tampoco explora de antemano lo justo o injusto de los discursos y políticas que produce la democracia.

— Las mayorías, continúa Calicles, temen a los hombres capaces de agarrar y usar el poder, aquellos que han demostrado un talento especial para acumular más que el resto. Por esto, los ciudadanos promueven la idea de que es vergonzoso e injusto acumular y disfrutar del ejercicio del poder, pues supuestamente lo injusto consiste en intentar acumular más allá de lo que le corresponde a cada uno. Pero la única razón por la cual la colectividad insiste en el concepto de tener solo lo justo, es por causa de su debilidad de carácter. Una inferioridad que se refleja en su falta de actitud para triunfar en la vida. Acumular más de lo que algunos entiendes justo puede que sea en contra de la ley, pero no de la Naturaleza.

De nuevo, es sorprendente como argumentos de nuestros tiempos, parecen tan claramente enarbolados por los pensadores del siglo IV antes de nuestra era. Los ricos son aquellos que —como quienes hoy admiran a Bezos, Gates, Musk y demás— la Naturaleza ha dado capacidad para llegar lejos y acumular riquezas, demostrando una destreza especial para descubrir y crear mecanismos que los pongan en ventaja en relación a la mayoría. Aquellos que, andan temerosos y celosos de tales logros, solo tienen el argumento moral de la vergüenza e intentan usar las leyes para limitar el avance de aquellos que por naturaleza, están en su derecho de ser ricos y poderosos. Pero Sócrates parece tener respuesta para este tipo de pensamiento y por ello es pertinente, aun luego de tantos siglos, regresar al diálogo Gorgias de Platón y ver lo que tenía este que decir al respecto.

— El problema contigo Sócrates, dice Calicles, es que a esta edad que tienes, aun sigues practicado filosofía, la cual, es muy admirable en los jóvenes, pues cuando veo un adolescente argumentado e intentando mantener un hilo lógico en sus posiciones, me parece una escena saludable y esperanzadora; diferente a las actitudes de las mayoría de los jóvenes que no se interesan por estas cosas. Pero llega un momento en la vida Sócrates, en donde los hombres deben madurar y entender que sus responsabilidades están con su trabajo y su familia y no con estar andando por las calles filosofando como haces tu. Es realmente vergonzoso. En todo caso, si se va a practicar filosofía después de cierta edad, debe hacerse solo con moderación.

— Permíteme preguntar Calicles, retoma la palabra Sócrates, ¿dices que según dicta la Naturaleza, las personas superiores deben y tienen el derecho de tomar de los inferiores por la fuerza, que los mejores deben gobernar sobre los peores y que los más fuertes deben tener mayor riquezas que los débiles?

— Así es Sócrates.

— Dime Calicles, ¿son superior, mejor y más fuerte la misma cosa?

— Lo son.

— Dices que las mayorías son las que imponen las leyes a los superiores.

— Cierto

— Entonces el gobierno de las mayorías es el gobierno de los superiores.

— Sí

— Y según aclaraste Calicles, el gobierno de las mayorías debe ser también el de los mejores, pues superior y mejor son la misma cosa. ¿Cierto?

— ¿Acaso no te avergüenzas Sócrates, de insistir en que tus interlocutores tropiecen en una frase? ¿A tu edad? ¿Acaso dices que si un inmenso grupo de inservibles esclavos se organiza y hacen una declaración, esta se debe considerar como la regla a seguir?

— Es por eso que te pedía clarificación, pues me costaba trabajo pensar que en realidad dijeras que fuerte, mejor y superior fuesen la misma cosa. Así que, por favor, dime qué es lo que de verdad significa ser mejor para ti, ya que obviamente, no crees que sea similar a ser el más fuerte.

— Gustas de la ironía Sócrates. Con mejor quiero decir más valioso.

— ¿El más inteligente?

— Sí.

— ¿Quieres entonces decir que una sola persona inteligente es superior a cualquier número de personas que no lo sean y, por lo tanto, según las leyes de la Naturaleza, debería de gobernar y tener derecho a la mayor de las riquezas?

— Sí.

— O sea Calicles, ¿quieres decir que si existe un grupo grande de personas, como el que ahora nos rodea, algunos fuertes otros no y, entre ellos hay un médico, el más inteligente entre todos los presentes, quizá más fuerte o quizá más débil que algunos, este sería sin duda el más indicado para gobernar sobre todos los demás?

— Así es.

— ¿Debería este médico recibir más comida que todos los demás? O quizá, ¿debería ser el encargado de distribuir todos los bienes por estar al mando, pero sin darse mucho más a sí mismo, cosa de no atraer algún castigo futuro? ¿Debería tener una porción mayor que los débiles del grupo, pero menor a los más fuertes?

— Sigues hablando de comida y doctores Sócrates, pero no es eso a lo que me refiero.

— ¿Es el más inteligente el mejor?

— Sí.

— ¿Pero no es el mejor el merecedor de la mejor porción?

— Por lo menos no de comida y bebida. Responde Calicles.

— ¿Vestimenta entonces? ¿Debería el mejor de los hombres andar con las más finas de las ropas? Quizá le corresponde al zapatero andar siempre con el más fino de los calzados.

— ¿Seguirás hablando disparates Sócrates?

— Un agricultor que sepa más sobre la tierra y las semillas, pregunta Sócrates, ¿deberá tener más parte en la cosecha que aquellos que no saben tanto como el?

— Nuestra conversación no es sobre doctores, zapateros y agricultores Sócrates.

— ¿Sobre quiénes es entonces Calicles? ¿Entre quiénes es que el superior, el más inteligente debe tener más que el resto?

— Entre aquellos que son inteligentes en los asuntos de la ciudad. No solo por inteligentes, sino por audaces.

— Dime entonces Calicles, ¿gobiernan estos solo sobre los demás o también sobre ellos mismos? Es decir, ¿practican control sobre sus propios placeres y apetitos?

— ¿Cómo es posible que un hombre pueda decir que es feliz, siendo a la vez esclavo de alguien? El hombre que vive correctamente, de acuerdo a lo determinado por la Naturaleza, no puede permitir ningún tipo de restricciones. Aquellos que predican autocontrol, solo buscan cubrir sus propias debilidades. ¿Existe algo más vergonzoso que gobernantes se permitan tener menores riquezas que sus enemigos? Tus ideas van en contra del orden natural de las cosas Sócrates.

— ¿Piensas que aquellos que no tienen necesidad de nada son erróneamente felices?

— Si así no fuera Sócrates, las piedras y los cadáveres serían también felices.

— Es como la historia del hombre, dice Sócrates, que tiene su jarra llena de lo necesario y no tiene razón para preocuparse. Diferente a aquel que con su jarra rota, tiene que siempre estar trabajando para mantenerla llena.

— El hombre con la jarra llena vive como la piedra. Vivir placenteramente, dice Calicles, es siempre tener el mayor flujo posible.

— ¿No sería necesario que para tener un amplio flujo hacia dentro de la jarra, se deba también tener uno igualmente amplio hacia afuera de esta?

— Ciertamente.

— Dime algo Calicles, ¿existe tal cosa como el hambre y el comer cuando se está hambriento?

— Por supuesto Sócrates y para todos los apetitos, el satisfacerlos encierra la felicidad.

— ¿Dirías que rascarse una comezón por siempre es felicidad?

— Aquí vienes nuevamente con tus sandeces Sócrates. Pero sí, aquel que se rasca una comezón es un hombre feliz.

— ¿Dirías Calicles que el placer y lo bueno son la misma cosa?

— Sí.

— ¿Dirías que existe algo llamado conocimiento?

— Sí.

— ¿Dijiste también que había valentía en el conocimiento?

— Por supuesto.

— ¿Y valentía y conocimiento son diferentes?

— Lo son.

— ¿Placer y conocimiento?

— Diferentes Sócrates.

— ¿Valentía y placer?

— Diferentes.

— ¿Dices que el placer y lo bueno son lo mismo y que el conocimiento y la valentía son diferentes?

— Así es Sócrates.

— ¿Piensas que aquellos que se enriquecen tienen una experiencia opuesta a aquellos que se empobrecen?

— Así lo pienso.

— ¿Lo mismo que salud y enfermedad? Ambas se pierden y adquieren al mismo tiempo. Esto es, mientras se come, se va disminuyendo el hambre y los deseos de comer. Igual sucede con fuerza y debilidad, rapidez y lentitud; tanto para el cuerpo como para el alma.

— Cierto.

— Se puede decir entonces que una persona experimenta dolor y placer al mismo tiempo.

— Aparentemente.

— Sin embargo alegas Calicles, que una misma persona no puede apoderarse de poder y riquezas y a la misma vez, estar haciendo algo incorrecto.

— Así es Sócrates.

— Parecería que para ti, Calicles, algunos placeres son buenos, mientras que otros no.

— Así lo pienso.

— ¿También piensas que hay dolores buenos y malos?

— Sí, obviamente.

— No es tan obvio Calicles. Polo y yo estuvimos de acuerdo en que todas las cosas se deben hacer para beneficio de lo bueno. ¿Estarías también de acuerdo que el fin de toda acción es la bondad y no la acción en si misma?

— Sí Sócrates, concuerdo.

— Debemos entonces hacer cosas placenteras en beneficio de lo correcto y no lo correcto en busca de placeres.

— Así es.

— Sin embargo es un arte para cada hombre el poder determinar qué placeres conllevan a lo correcto y cuáles no. Recordemos al repostero con su habilidad para producir placer, sin considerar las consecuencias para aquel que consume sus productos. Hornea solo por el placer de hornear. Y, por otro lado, el médico, siempre preocupado por el bienestar último de sus pacientes, independientemente de que sus acciones sean placenteras o no. Quizá hasta deberíamos distinguir entre las vidas del filósofo y el orador. ¿Piensas Calicles, que es posible gratificar muchas almas al mismo tiempo, sin considerar que es lo mejor para estas?

— Sí.

— ¿Piensas que el flautista cae bajo esta categoría? Su ambición es brindar placer a las grandes concurrencias, sin preocuparse de si es bueno o no. Todos los músicos de hecho, caen bajo la misma categoría; aun los escritores de las tragedias. ¿Podríamos llamar aduladoras a todas estas acciones?

— Así es Sócrates.

— Y si a estos les quitamos sus instrumentos y su música, ¿no sería tan solo su discurso lo que quedaría, cual si poetas, portadores de la arenga pública?

— Sí.

— Así como los oradores, dando a los espectadores lo que saben les crea placer, sin preocuparse por su bienestar y, hasta en el fondo, con el mero propósito de complacerse a ellos mismo.

— No es así de simple Sócrates. Algunos sí se preocupan por el bienestar de los demás.

— Muy bien Calicles; si como dices existe también este otro grupo, ¿podrías nombrar ejemplos de oradores o políticos que consideran el beneficio de sus audiencias por encima del suyo propio?

— No en nuestros tiempos. Pero sería difícil negar los testimonios que existen sobre grandes hombres del pasado como Temístocles, probado hombre de buena voluntad, al igual que Cimón, Milcíades y Pericles quien murió recientemente y del que has oído hablar Sócrates.

— Esto Calicles, solo es cierto usando tu definición previa. Pero si estamos de acuerdo en que los oradores deben siempre buscar el beneficio del pueblo, independientemente de que sus discursos se conviertan en fuertes u onerosos, no creo entonces que los pueda incluir.

“Constructores de casas y embarcaciones —continúa Sócrates— al igual que doctores, ponen inmensa atención en los detalles de su práctica, previo al producto final. Esta atención al detalle y los propósitos, debe ser válida para los asuntos del cuerpo y el alma. ¿Cómo llamarías a los efectos que tiene sobre el cuerpo los resultados de la organización y el orden?”

— Supongo que salud y fortaleza Sócrates.

— Para el alma que sigue las mismas prescripciones yo lo llamaría el centro de la legalidad y su seguimiento, aquello que brinda justicia y autocontrol. Todo aquel que se llame orador, debería buscar el ejercicio de una justicia que repudia lo injusto, promoviendo el autocontrol y la disciplina, asegurándose de evadir toda maldad.

— Estoy de acuerdo Sócrates.

Sin embargo, para este punto Calicles se muestra altamente frustrado con Sócrates y su estilo del discurso y rehúsa seguir participando en el diálogo, alegando que hasta ahora lo había hecho solo por respeto y para complacer el pedido de Gorgias. Le pide entonces a Sócrates que continúe el con un monólogo respondiendo a sus propias preguntas y argumentos. Sócrates acepta, alegando que no tiene otra opción, procediendo este a hacer un resumen de todo lo dicho hasta el momento:

— Placer no es lo mismo que hacer lo correcto. El primero debe practicarse como instrumento para lo bueno y no como la meta misma. Sobre esto no puede haber negociación. Lo bueno para nuestro cuerpo y alma viene como resultado de la organización y el repudio al desorden. Orden y autocontrol son la misma cosa y, un alma que se sabe controlar, es una que necesariamente posee valentía y coraje, ya que es capaz de hacer lo correcto, aun cuando, como un remedio médico, pueda resultar desagradable al momento. Es esta la definición de un hombre recto y, como tal, el único que puede ser realmente feliz, mientras el corrupto solo puede ser infeliz y miserable. Si un hombre necesita ser disciplinado o castigado por haber cometido algún acto de injusticia, este debe procurar pagar su deuda lo más pronto posible y sin retraso, pues solo de esta manera podría recuperar su felicidad. Todo esto cae dentro de la lógica de un universo que se rige por las leyes del orden, la geometría y las leyes de igualdad proporcional, las cuales ejercen grandes poderes sobre los dioses y los hombres. Aquellos que no logran entenderlo así, simplemente han descuidado el arte de la matemática y, cualquiera que pretenda ejercer como orador, debe de tener todo esto claro y practicarlo.

“Por todo esto —continúa Sócrates— es que se puede ser golpeado en la quijada, tener todas sus propiedades confiscadas, ser lanzado al exilio e incluso tener que enfrentar la pena de muerte y, aun así, no sería más vergonzoso que aquel que practica la injusticia.”

“Si tuviésemos que embarcarnos en un gran proyecto de construcción para la ciudad, ¿no examinaríamos —pregunta Sócrates— las credenciales y proyectos previos de aquellos que se ofrecen como ingenieros y constructores? De la misma manera, si fuésemos a pasar juicio sobre la salud de los presentes, ¿no preguntaríamos si entre nosotros se encuentra el suficiente conocimiento y experiencia en asuntos médicos, antes de aceptar las opiniones que se puedan proponer? Sería de tontos poder nuestros cuerpos en las manos de alguien al cual no hubiésemos examinado sus credenciales.”

“¿Acaso ha mejorado Calicles la vida de los ciudadanos, con sus prácticas oratorias? O, ¿acaso puedes mostrar como has mejorado la vida de tus estudiantes en tu práctica privada, antes de tratar suerte en la arena pública?”

— Gustas de ganar Sócrates, comenta Calicles.

— No se trata de ganar, sino de saber como se deben conducir los asuntos de la ciudad entre nosotros. Pues, ahora que has avanzado a posiciones de poder político, ¿no encuentras razonables que queramos cuestionar si tus motivos son el lucro personal o el bienestar de los ciudadanos? ¿Se podría aun insistir en que Pericles, Cimón, Milcíades y Temístocles están entre los oradores que pusieron el bienestar popular por encima de los suyos propios?

— Sí, Sócrates, entiendo que se puede insistir en que así lo hicieron.

— Si este el el caso Calicles, no puede haber duda de que estos hicieron de los habitantes de la ciudad un grupo de ciudadanos mejores de lo que eran antes de sus discursos.

— Así fue Sócrates.

— Sin duda los atenienses eran peores ciudadanos antes de que Pericles comenzara sus discursos.

— Aparentemente.

— ¿Testifican los atenienses de que este es de hecho el caso? Lo que escucho es que Pericles hizo de ellos un país perezoso y cobarde, bochincheros hambrientos de riquezas, siendo que este fue el primero en instaurar el pago por servicio público. Al final el pueblo terminó condenándolo por malversación de fondos y estuvieron cerca de condenarlo a muerte por sus malos manejos.

— ¿Piensas Sócrates que esto hizo de Pericles un mal hombre?

— Si existe un hombre que reclama ser un amante de los animales, el mejor de los entrenadores y sin embargo descubres ver como sus perros terminan mordiéndolo, ¿no cuestionarios su reclamo? Más aun si sabes que antes de que estuviesen bajo su cuidado, los animales eran tiernos y mansos. “El justo es amable,” nos cuenta Homero en La Odisea. En cuanto a Cimón, el pueblo decidió que no quería saber de el por diez años. Lo mismo con Temístocles, el cual fue exiliado y a Milcíades le faltó poco para que lo tiraran por el barranco desde donde se lanzan los impíos. Gimnasia y medicina tendrían mayor derecho de gobernar sobre otras disciplinas como repostería y la confección de zapatos, ya que consideran de antemano lo que es saludable para el cuerpo.

“Es interesante —continúa Sócrates— como los presentes ciudadanos, cuando llega la hora de nombrar los culpables por los pesares que crearon los pasados gobernantes, tienden a culpar por ello a los presentes gobernantes, a la vez que recuerdan con nostalgia los buenos tiempos.”

Aunque por momentos este diálogo parece inmiscuirse en los asuntos del alma y pudiese verse como un texto más personal, ético o espiritual que político, no sería prudente dejarse llevar por esa impresión pues el mensaje, como uno que pretende hacer un juicio exhaustivo de la democracia ateniense, es puramente político y, la inclusión del aspecto personal lo entiende Sócrates como inseparable de la vida en la ciudad y sus asuntos.

“The Gorgias is an extraordinary production, not for its philosophy —which is a compendium of Socratic doctrines already familiar [through previous dialogues]—, but for its passionate and outspoken criticism of Athenian politics and politicians from the Persian War to the disaster of 404 [when Sparta finally defeats Athens and its democracy, allowing the oligarchy back in power] and the execution of Socrates [by the restored democracy] five years later (Guthrie).”

La salud del alma, tanto como la del cuerpo, son un microcosmo de la ciudad y su organización política y, como tal, ambos deben estar a tono con las prácticas de salud que promueven la felicidad.

No podría tampoco verse el Gorgias como un texto que fundamentalmente teoriza sobre moral y retórica, pues aquí de nuevo, ambas se discuten en el contexto de la función política que ejercen.

“The fact is, of course, that in Plato’s Greece rhetoric itself was a tremendous moral and political force, and to treat it in isolation would never occur to a Greek and would involve a quite illegitimate separation form from content (Guthrie).”

La democracia no puede ser una plataforma para que los gobernantes vean en ella la oportunidad de enriquecerse, sobre las espaldas de los ciudadanos y mucho menos con la pobre justificación de que esto es lo que la Naturaleza nos enseña. Sin embargo, tampoco debe ser un sistema en donde las mayorías solo buscan deleitarse en lo que momentáneamente entienden como placentero, atrayendo oradores que solo busquen decirles lo que ellos quieran oír, sin ningún tipo de consideración por lo que es correcto o justo. Es en el filo de este balance que Platón nos deja y, se deja a sí mismo, como preparación para una profundización que busca su armonía y su mayor desarrollo en el paradigma que desarrollará en el texto de la República (Medina González).

Según Sócrates, no hace ningún sentido que tanto un gobernante, como un orador, que pretende haber hecho lo correcto por los ciudadanos, se dé la vuelta e intente culpar a estos por sus dolencias cuando, si en realidad hizo lo correcto, los ciudadanos se hubieran convertido en mejores personas. Mucho mejor sería si los oradores que quieran enseñar, lo hiciesen sobre un sistema de honor, en lugar de estar cobrando por sus servicios. Sabiendo que un estudiante correctamente instruido en el conocimiento de lo justo, siempre estará agradecido de su maestro y procurará maneras de demostrarlo. Pues no es vergonzoso cobrar dinero por otros servicios como construcción y demás, pero en el caso de los oradores, los cuales se encuentran ejerciendo la tarea de hacer de sus estudiantes mejores personas, no existe esa necesidad. Pues un estudiante que no encuentre la manera correcta de agradecer a su maestro, representa la evidencia más contundente del fracaso del instructor.

“Y siendo yo, Sócrates, probablemente el único ateniense que practica estas cosas, o sea, el ejercicio real de la política, es bien posible que seré llevado a la justicia y hasta condenado a muerte, por ser lo que todos los que viven en la corrupción ven como un hombre trastornado. Uno que no dice nada por el mero hecho de crear placer, sino que dice lo que debe ser dicho, independientemente de que se sienta bien o no. Me vería entonces sin esperanza, pues sería como el médico que es llevado a juicio por el repostero, a un tribunal compuesto de niños.”

Política y su verdadero ejercicio, para Sócrates, no están automáticamente vinculados al ejercicio del mando por parte de los gobernantes, como estos y las mayorías gustan de asumir, sino en la práctica de lo justo, la cual, la más de las veces, reside fuera de los círculos de poder. Todo el diálogo parece insistir en los beneficios de esta práctica de lo justo, esto es, la salud de cuerpo y alma y, por lo tanto, la felicidad. Pero es harto conocido, para cualquiera que haya vivido un poco, lo difícil que es restringir el deseo de la gratificación inmediata y los malabares en que por lo regular los humanos se envuelven, para mantener ese flujo de placer por el mayor tiempo posible, hasta la muerte, si se es capaz, independiente del dolor que esto cause a otros y de la posibilidad, también evidenciada en la experiencia, de un quizá improbable pago, castigo o consecuencias en vida, por sus injustas acciones. Hay quienes argumentan que el mismo Platón, en su esfuerzo por construir un paradigma legal en su República que, si bien no asegura una sociedad justa como resultado, por lo menos nos acerca lo más posible, muestra un abandono tácito a la esperanza socrática de que el hombre entienda, como producto del pensamiento y la educación, el valor de procurar lo justo (Dodds).

Al final Sócrates parece comprender el problema de la poca motivación que pueda tener cualquiera, especialmente en la posición de orador u hombre de estado, para hacer lo correcto y termina, quizá por no tener una otra mejor manera de incentivar, ante un mundo, como muchos pensadores después de Sócrates han preferido explicarlo, carente de sentido y en donde los malos, en muchas ocasiones parecen ganar y los buenos tener todas las de perder, con la historia y tradición del Hades y del juicio final, del cual nadie escapará y en donde nos veremos desnudos y juzgados, por el resto de la eternidad, por nuestras prácticas de lo justo e injusto. Entiende Sócrates que Calicles puede considerar esto —al igual que cualquiera que lo escucha o lee— como “cuentos de viejas,” y por ello exhorta a proponer una mejor historia, sabiendo que, a falta de ella, debe de encontrarse razonable el creer en las tradiciones que heredamos de nuestros antepasados, acerca de lo que ocurre después de la muerte. Platón, en su muy particular adaptación de la tradición órfico-pitagórica, sostuvo la validez de esta creencia hasta sus escritos tardíos (Dodds):

“Debemos siempre creer con firmeza en las sagradas palabras de los antiguos cuando nos decían que el alma es inmortal y que, cuando separada del cuerpo, se hallará frente a sus jueces para pagar el máximo de los castigos por las injusticias cometidas (Platón / Séptima Carta).”

Esta narrativa sobre la realidad de ultratumba, junto con sus posibles alternativas y contra-propuestas, sobre lo que nos espera o no después de la muerte, han pasado casi íntegras hasta nuestros días.

Referencias

— Cooper, John M. (editor, introduction and notes) “Plato, Complete Works” Hackett Publishing Company, Indianapolis / Cambridge, 1997

— Dodds, E. R., “Plato and The Irrational” The Journal of Hellenic Studies, vol. 65 (1945) pp. 16-25

— Guthrie, W. K. C., “A History of Greek Philosophy – Volume IV, Plato, The Man and His Dialogues: Earlier Period” Cambridge University Press, 1975

— Kennedy, George A. (translator), “Aristotle On Rhetoric, A Theory of Civic Discourse” Oxford University Press (2006), 2nd edition, (Appendix I – Supplementary Texts) “Encomium of Helen” Gorgias

— Medina González, Alberto, “El Gorgias Como Precedente A La República de Platón” La Albolafia: Revista de Humanidades y Cultura, pp. 155-170, (2014)

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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